Le quiero a él como puedo querer un día en la playa, un helado en verano o un abrazo en invierno. Como una foto de mi infancia o como unos tacones para las ocasiones especiales. Le quiero de aquí hasta la luna, hasta marte, de aquí hasta el infinito, hasta que se acabe el espacio, ¡incluso mas!. Le quiero como un peluche suave al que puedes abrazar todas las veces que te sientas sola. Le quiero. Quiero emborracharme
con sus besos y colocarme con su mirada. Cada día. A todas horas. Le quiero en formato pastilla,
inyectado en vena o liado en un porro, me da igual, porque Le quiero. Quiero disfrutar de un día a su lado, perderme
en sus abrazos y volar con sus caricias. Reírme con sus tonterías, llorar con
sus palabras y soñar con sus locuras. Quiero amanecer a su lado tras la noche
anterior haberme acostado con un “te quiero” susurrado al oído y quiero escuchar
esas canciones que tanto nos gustan cogidos de la mano. No pido tanto. Él es todo cuanto quiero.
Él es la única droga
a la que quiero ser adicta.

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